"Hagamos todo por amor, nada por la fuerza, sino por la fuerza del amor."

Hablamos de "Formación"

La formación depende ante todo de la acción de Dios en nuestras vidas y no de nuestras actividades. Se requiere valor para dejarse modelar por el Señor, para dejar que Él transforme nuestros corazones y vidas (Jer 18.1 a 10)

Jeremías “Levántate y baja a la alfarería” … y el profeta comprende el misterio del amor misericordioso de Dios. Las manos amorosas del Padre, que, alfarero paciente, se hace cargo de su criatura … le da forma de hijo(a) amado… Si no va bien, el Dios de la misericordia toma nuevamente la arcilla y con ternura de Padre de misericordia, nuevamente empieza a moldearla.

La formación no se resuelve con una actualización cultural o con la iniciativa de un nuevo plan de estudio. Dios es el artesano paciente y misericordioso de nuestra formación y este trabajo dura toda la vida. Cada día debemos descubrir que llevamos “un tesoro en vasijas de barro, para que aparezca la fuerza extraordinaria que es de Dios y no de nosotros” (2 Cor 4,7). Es indispensable que nos dejemos los hábitos cómodos, la rigidez de los esquemas y la presunción de querer ser autores en la formación. Tenemos que tener el valor de ponernos ante el Señor y Maestro, y que sea Él quien renueve su trabajo en cada uno(a) y nos plasme, nos transforme, nos recree en hijos(as) muy amados.

El consagrado(a) que día tras día se confía en las manos expertas del Alfarero conservará, a lo largo de su vida, el entusiasmo, la alegría y la frescura del Evangelio. Será semilla, levadura, simiente de la Patria Celestial. Porque Jesús nos ha llamado a colaborar en su taller… no somos sólo arcilla, sino ¡aprendices del Alfarero!

El primer responsable de la formación es uno mismo. Accedemos a que Dios nos moldee y asumimos “los mismos sentimientos de Cristo Jesús” (Fil 2,5). No nos cerramos en la pretensión de ser una obra cumplida … nos dejamos guiar por el Señor porque somos discípulos. Para ser protagonista de la propia formación es indispensable: 1) preferir el silencio y la oración, 2) abandonarse confiadamente en manos del Alfarero, 3) dejarse guiar por una inquietud del corazón que lleva hacia la alegría del encuentro con Dios y con los demás, 4) buscar la amistad con los hermanos en comunidad, sabiendo que la vocación nace del encuentro de amor con Jesús y con los hermanos.

La vocación nace, crece y se desarrolla en la Iglesia. El Señor que moldea esta vasija de barro, actúan a través del cuidado de los que, en la Iglesia, están llamados a ser los primeros formadores: los directores espirituales, los educadores y confesores, los maestros que se ocupan de la formación continua.

La formación requiere gran capacidad para ejercer el arte del discernimiento como instrumento privilegiado de todo camino vocacional. En la formación hace falta superar el nacionalismo, tomar decisiones compartidas, poner en marcha procesos de formación adecuados, y formadores a la altura de esta tarea tan importante. La Iglesia necesita consagrados capaces de anunciar el Evangelio con entusiasmo y sabiduría, como signo de esperanza, allí donde las cenizas han cubierto las brasas de la vida, y de generar confianza en los desiertos de la historia.