"Hagamos todo por amor, nada por la fuerza, sino por la fuerza del amor."

La Soledad de María (Al anochecer del Viernes Santo)

Es la noche más trágica y más hermosa … es la hora más dolorosa y más injusta … pero, aun así, sólo por ella nos viene la Justicia de Dios. Es el relato de una muerte anunciada … de una muerte que no acababa en el sepulcro, que se abre misteriosamente, y para siempre, a la aurora del nuevo día … al alba sin ocaso de la Resurrección.

En este lugar… en esta hora… siendo tú y yo testigos…  está también María … orgullo de nuestra raza … Madre del Ajusticiado y nuestra Madre: “Estaba la Dolorosa junto al leño de la Cruz … Luz pequeña pero cierta en medio de tanta obscuridad… calla doliente y consuela al Juan y a las mujeres, a la comunidad naciente en su dolor…  Tronó el cielo rugiente … la tierra se estremeció ... Bramaron las aguas … las mujeres lloraron, los discípulos huyeron… sólo María <estaba> sencillamente, silenciosa, creyente, llena de esperanza…

Oscureció la tarde que alumbró para siempre la historia de la nueva humanidad y … ahí Ella, María, la Madre del Ajusticiado, la Dolorosa, la Virgen de la Soledad, Nuestra Señora de la Esperanza … ¡en su soledad, Sola … Madre de Madres … Reina de Reinas!

Contemplémosla contemplando a su Hijo muerto y tendido… ¡Cuerpo llagado de amores, Ella le adora, Ella le sigue! … María en Soledad. Paremos el reloj de las prisas, de las rutinas, de las autosuficiencias, del ya “me lo sé todo”. Detengámonos del ritmo de nuestro ímpetu y quehacer cotidiano. Parémonos a contemplar a María en su Soledad, en su Soledad de Soledades. Contemplemos y luego volvamos a caminar, ahora por el camino que Jesús nos ha marcado con su vida, su palabra y su sangre y que María, discípulo y misionera, ha seguido. Miremos su rostro, su corazón, sus manos, su mirada clavada en el cuerpo inerte de su Hijo, de un hijo que somos también tú y yo. Seguros de que, si permanecemos ante Ella con el corazón abierto, nuestra caminar de mañana, de esta misma noche tendrá que ser por la fuerza distinto, mejor y de alegres misioneros.

Mirémosla, amémosla, imitémosla … conmovedora figura de silencio. De silencio sonoro y transfigurado, vestido de adoración. Nunca el silencio fue tan elocuente. Nunca el silencio significó tanto como en aquella noche. Es silencio de amor. Es abandono, despojo, disponibilidad, entrega hasta el extremo. Es fortaleza y fidelidad. Es plenitud y fecundidad. Es elegancia y serenidad dolorida. Es paz y amor.

María volvió a decir “fiat” un sí que se avala y confirma con el “stabat”. El “sí” es más “sí” estando al pie de la cruz. Su Soledad es holocausto perfecto a imitación del de su Hijo. Oblación total.: corredención. Nunca fue un sí tan doloroso ni tan fecundo: es la Soledad … es Piedad … es Esperanza. El dolor y la paz, envueltos en silencio, se fundieron, aleteando, para siempre la certeza. La alegría y la esperanza de lo que significa una existencia solo para Dios y a favor de los demás.