"Hagamos todo por amor, nada por la fuerza, sino por la fuerza del amor."

La transfiguración del Señor

Al situarnos ante el icono de la Transfiguración del Señor conviene hacer una “composición de lugar” ignaciana: colocarnos imaginariamente en un taller monástico aprendiendo el arte sacro iconográfico.

¿Por qué este ejercicio, común a todos los aspirantes? Porque el relato evangélico anticipa el mundo futuro, la visión definitiva. El icono de la Transfiguración es el modelo de la vida cristiana contemplativa, la hermenéutica de la visión profética, enseña a ver la realidad con los ojos de Dios.

También por la dificultad del intento: emplear el símbolo, expresado a través del color, para representar la revelación evangélica “su rostro se puso brillante como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz” (Mt 17,1-3).

La historia tiene lugar durante la última subida a Jerusalén, poco antes de la pasión, cuando han transcurridos ya dos años de vida pública y muchos sueños iniciales han desaparecido y aumenta la alarma de los poderosos. Jesús, sigue firme en el camino de la voluntad de su Padre y ve que es necesario fortalecer la débil fe sus discípulos.

Fijándonos en la imagen del icono, hay espacios diferenciados y hay protagonistas propios en cada uno de ellos, sobre un fondo que dibuja el monte Tabor. En la mitad superior aparece Jesús hablando con Moisés y Elías. La nube de luz que lo cubre, signo de la presencia de Dios en el A.T.

Moisés y Elías son iconos veterotestamentarios de la Ley y de los Profetas, y, al mismo tiempo, representantes de toda la humanidad: Moisés de los muertos y Elías de los vivos y en medio, Jesús, como rey de vivos y muertos. En la mitad inferior, los tres discípulos en actitudes que reflejan la sorpresa que les produce el extraordinario suceso: Pedro, a la izquierda, se protege con las manos; Juan, en el centro, caído de espaldas a la luz; Santiago, en actitud de escape.

La mitad superior representa el cielo; la mitad inferior es la tierra. La mitad superior respira calma; la mitad inferior, movimiento, precipitación.

Las palabras de Pedro “qué bien se está aquí”, expresan el bienestar interior que produce la visión, y es seguido por el natural deseo de hacerlo permanente: “Hagamos tres tiendas…”.

La visión del Tabor no es una experiencia sentimental dirigida a satisfacer emociones humanas y escapistas, sino una luz proyectada sobre toda la Iglesia que ayuda a ver la realidad con los ojos de Dios y a enfrentarse al mundo, a la muchedumbre, al dolor, para anunciar la presencia del Reino y llevar consuelo.

La realidad del mundo precisa el acompañamiento y la iluminación de Cristo, que se hace vida a través de la Iglesia, de los cristianos. Sólo así tiene sentido la oración confiada: Tu bondad y tu misericordia me acompañanAunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo… (cfr Sal 22