"Hagamos todo por amor, nada por la fuerza, sino por la fuerza del amor."

Pentecostés: el Papa exhorta a ser cristianos “de Jesús”

Pentecostés: el Papa exhorta a ser cristianos “de Jesús” y no ser “partidarios”… ni “de derechas ni de izquierdas”… ni “guardianes inflexibles del pasado” ni “vanguardistas del futuro”… El Espíritu Santo “crea la diversidad; en cada época, en efecto hace florecer carismas nuevos y variados”. Así es el Espíritu crea diversidad y unidad. No podemos caer en el equívoco de “buscar diversidad sin unidad” ni “unidad sin diversidad”. Nuestro ser Eucarístico-Mercedario nos lleva a tener una mirada que abrace y ame libremente a Dios 'Pan de Vida' y al hermano que sufre y pena… y amar más allá de preferencias personales… tenemos que vivir la comunión Eucarística: ni sólo Dios, ni sólo hombre sino “Emmanuel” ¡Dios con nosotros!

Para lograrlo hay que caminar por la vía de la ‘misericordia’. Ese amor que es magnánimo, que mantiene unido a pesar de todo, que impide el derrumbamiento, que vigoriza y afianza. Sin perdón no hay ‘fraternidad’ y por lo mismo no se da la ‘comunidad’ … El Espíritu nos exhorta a recorrer el camino del perdón dado y recibido.

Cincuenta días desde la Resurrección de Jesús hasta Pentecostés: don pascual por excelencia. Es el Espíritu que crea en cada uno un corazón nuevo: «lenguas de fuego que se dividían posándose en cada uno y todos se llenan de amor divino y  hablar en otras lenguas» (Hch 2, 3-4). Así el Espíritu, primero se posa sobre cada uno y luego pone a todos en comunicación. Cada uno recibe un don y todos se reúnen en unidad. La diversidad y la unidad … comunidad nueva, variada y unida: universal. No es uniformidad, sino unidad en la diferencia.

Mercedarias-Eucarísticas que no buscan destacar, no se forman bandos ni partidos, no hay planteamientos excluyentes ni particularismos… TODAS LLAMADAS <convocadas, consagradas>  a la «custodia de la verdad» del carisma legado por María del Refugio.  María del Refugio, no nos invita a vivir una unidad que se convierta en uniformidad, o a la obligación de hacer todo juntas y todo igual, porque nos rinvita a vivir en las huellas de un Cristo libre y misericordioso, «donde está el Espíritu del Señor, hay libertad» (2 Co3,17).

Nuestro llamado “Eucarístico-Mercedario” se abraza y ama, más allá de preferencias personales y nos lleva a desterrar murmuraciones y envidias que envenenan, somos mujeres de comunión viviendo una consagración acogedora y abierta, en la que se comparte la alegría multiforme del Espíritu Santo.

«Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados» (Jn 20, 22-23). Jesús no nos condena, sino que nos da un Espíritu de perdón. El perdón es el don por excelencia, es el amor más grande, el que nos mantiene unidas a pesar de todo, que evita el colapso, que refuerza y fortalece.

El Espíritu  nos insta a recorrer la vía de doble sentido del perdón ofrecido y del perdón recibido, de la misericordia divina que se hace amor al prójimo, de la caridad que «ha de ser en todo momento lo que nos induzca a obrar o a dejar de obrar, a cambiar las cosas o a dejarlas como están» (Isaac de Stella, Sermón 31). Pidamos la gracia de que, renovándonos con el perdón y corrigiéndonos, hagamos que el rostro de nuestra Madre la Iglesia sea cada vez más hermoso, más maternal, más libre y sincero: sólo entonces podremos corregir a los demás en la caridad.

Pidámoslo al Espíritu Santo, fuego de amor que arde en la Iglesia y en nosotros, aunque a menudo lo cubrimos con las cenizas de nuestros pecados: «Ven Espíritu de Dios, Señor que estás en mi corazón y en el corazón de la Iglesia, tú que conduces a la Iglesia, moldeándola en la diversidad. Para vivir, te necesitamos como el agua: desciende una vez más sobre nosotros y enséñanos la unidad, renueva nuestros corazones y enséñanos a amar como tú nos amas, a perdonar como tú nos perdonas. Amén».