"Hagamos todo por amor, nada por la fuerza, sino por la fuerza del amor."

¿Qué es lo que Pascua de Jesús debe provocar en nosotros sus discípulos eucarísticos-mercedarios?

La Pascua de Resurrección está impregnada de alegría espiritual, de la certeza de que Cristo triunfó definitivamente sobre la muerte.

¿Qué es lo que Pascua de Jesús debe provocar en nosotros sus discípulos eucarísticos-mercedarios?  Partimos de que no podemos permanecer encerrados por miedo al mundo (cf. Jn 20, 19). El miedo oprime el corazón e impide salir al encuentro de los demás, al encuentro de la vida. Cierto que el recuerdo de la Pasión alimenta incertidumbre, pero Jesús nos ama y cumple su promesa: «No os dejaré huérfanos, volveré a vosotros» (Jn 14, 18) ¡incluso en tiempos grises!

Jesús entra a nuestra vida a pesar de las puertas cerradas y nos tranquiliza: «Paz a vosotros» (Jn 20, 19). Es el saludo pascual, que hace que superemos todo miedo. Cristo Redentor nos da en plenitud esa paz que se convierte, para la comunidad, en fuente de alegría y certeza de victoria: «No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 1).

Jesús resucitado nos muestra sus llagas (cf. Jn 20, 20), signo de lo que sucedió y que nunca se borrará: su humanidad gloriosa permanece «herida», nos dice Su Santidad el Papa Emérito Benedicto XVI. En la luz deslumbrante de la Pascua, del encuentro con el Resucitado, captamos el sentido salvífico de su pasión y muerte y la tristeza y el miedo pasan a la alegría plena de ser ¡liberados para liberar!

«Paz a vosotros» no se trata sólo de un saludo, es el don que el Resucitado nos hace y al mismo tiempo es una consigna que debemos llevar al mundo: «Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo» Nos toca a nosotros sembrar libertad en la fe, la esperanza y el amor para que el Padre sea conocido y amado. Es por ello que Cristo resucitado realiza el gesto de soplar sobre sus discípulos y recrearlos en su Espíritu (cf. Jn 20, 22).

Con el envío y la misión se inaugura nuestro caminar en la nueva alianza. Mercedarios/as en salida, que seguimos al Resucitado llevando libertad, paz y alegría a las periferias testimoniando la verdad de la resurrección. ¡Que brote la Gracia, de la presencia de Dios y de su amor que vencen al pecado y a la muerte! Sólo Cristo Redentor puede correr las piedras sepulcrales que a menudo ponemos sobre nuestros propios sentimientos, relaciones y comportamientos … divisiones, enemistades, rencores, envidias, desconfianzas, indiferencias.

Mercedarios/as en este jubileo de los 800 años vayamos con insistencia y roguemos a Cristo Redentor: «Quédate con nosotros»Siéntate a la mesa con nosotros, toma el pan, pronuncia la bendición, pártelo y dánoslo» para que se abran nuestros ojos y te reconozcamos. Vayamos con gozo a los «dos lugares» privilegiados en los que podemos encontrar al Resucitado que transforma nuestra vida: 1) la escucha de la Palabra y 2) la comunión con Cristo. Sí, porque «Palabra y Eucaristía se pertenecen tan íntimamente que no se puede comprender la una sin la otra: la Palabra de Dios se hace sacramentalmente carne en el acontecimiento eucarístico» (Exhort. ap. postsin. Verbum Domini, 54-55). Solamente así podremos volver al Jerusalén de nuestra misión con la noticia de la resurrección de Jesús. Para el mercedario/a, el testimoniar este acontecimiento se convierte en necesidad ineludible. Hermanos/as el tiempo pascual debe ser para todos nosotros la ocasión propicia para redescubrir con alegría y entusiasmo la raíz de nuestro carisma eucarístico-redentor. Se trata de realizar el mismo itinerario que Jesús hizo seguir a Pedro Nolasco y María del Refugio, a través del redescubrimiento de la Palabra de Dios y de la Eucaristía … caminar con el Señor y dejarse abrir los ojos al verdadero sentido de la Escritura y a su presencia en la comunión eucarística, para renovarnos y animarnos por el poder del Espíritu Santo. Confiemos en el Resucitado, que tiene el poder de dar la vida, de hacernos renacer como hijos de Dios, capaces de liberar, creer y amar. Liberémonos de todo miedo caminemos alegres en la firme esperanza, que da pleno sentido a la existencia: el amor misericordioso y redentor de Dios.