"Hagamos todo por amor, nada por la fuerza, sino por la fuerza del amor."

Solemnidad de la Santísima Trinidad

El domingo posterior a Pentecostés, en la Iglesia católica, celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad (extendida por Juan XXII en 1334 a toda la Cristiandad). Esta solemnidad nos lleva al umbral mismo del principal misterio de la teología y nos adentra en el por qué los cristianos creemos en la Trinidad sabiendo que judíos y musulmanes profesan la fe en un Dios rígidamente único.

Los cristianos creemos que Dios es trino ¡porque creemos que Dios es amor!  y si Dios es amor es que amar a alguien. No podemos decir: se amaba a sí mismo, porque amarse a uno mismo no es amor, es egoísmo o narcisismo.

Dios es amor en sí mismo, porque desde siempre tiene en sí mismo al Verbo, a quien ama con amor infinito, que es el Espíritu Santo. En todo amor hay siempre tres realidades o sujetos: quien ama, quien es amado y el amor que les une. La doctrina cristiana de la Trinidad no es un pacto entre monoteísmo y politeísmo. Al contrario es un paso que sólo el propio Dios podía hacer que diera la mente humana.

La contemplación de la Trinidad puede tener un gran impacto en nuestra vida humana, porque es un misterio de relación. Las personas divinas son definidas por la teología «relaciones subsistentes», esto significa que las personas divinas no tienen relaciones, sino que son relaciones. Los seres humanos tenemos relaciones (entre padre e hijo, entre esposa y esposo, etcétera), pero no nos agotamos en esas relaciones sino que existimos también fuera y sin ellas. No así el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

La felicidad y la infelicidad en la tierra dependen en gran medida de la calidad de nuestras relaciones. Lo que hace bella, libre y gratificante una relación es el amor en sus diferentes expresiones. Aquí se ve cuán importante es que contemplemos a Dios ante todo como amor, no como poder: el amor dona, el poder domina. Lo que envenena una relación es querer dominar, poseer, instrumentalizar, en vez de acoger y entregarse.

Los cristianos creemos «en un solo Dios», sólo que la unidad en la que creemos no es una unidad de número, sino de naturaleza. Es el Amor el que ilumina todo este misterio trinitario: el Padre engendra desde toda la eternidad a su Verbo, que es el Hijo, igual al Padre, de su misma naturaleza y el amor infinito con el que se aman, es el Espíritu Santo.

Este Amor de Dios, no se ha quedado encerrado en el seno de la Trinidad Santísima, sino que ha sido derramado en nuestros corazones en el Bautismo. Al inclinarse sobre el hombre, el amor divino adquiere un matiz particular, el de la Misericordia: “Dios es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad” (Ex 34). Y en la plenitud de los tiempos ese amor de Dios hizo mucho más grande y palpable: “Porque tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

Con la encarnación de Jesucristo, efectuada por la voluntad del Padre y por obra del Espíritu Santo, el amor de Dios al hombre se manifiesta del modo más elocuente y al mismo tiempo se revela el misterio de la Santísima Trinidad. Toda la Trinidad está a favor de la obra de la salvación del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios y destinado a participar de su vida divina.  El hombre pecó, pero Dios Padre no le dejó perecer, por misericordia lo salvó la sangre derramada del Hijo de Dios y por la efusión del Espíritu, este mismo hombre es santificado y auxiliado con todo lo que espiritualmente necesita para alcanzar la vida eterna.

El hombre, por Cristo entra en comunión con el misterio trinitario, viviendo en el amor y en la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.